Capítulo 1
La maleta azul
La maleta no cerraba por una caja de zapatos. Julia la sacó, levantó la tapa y apartó los papeles de la escuela, sujetos con un clip, del sobre de las partidas de nacimiento. Inés, sentada en la cama, se puso el segundo calcetín. Tenía el talón mojado. Había pisado el agua de la cocina y no le había dicho nada a su madre porque iban con prisa desde antes de levantarse.
—Trae una bolsa —dijo Julia.
—¿De cuáles?
—Una cualquiera.
En el cajón había dos de la farmacia y una del cumpleaños de su prima. Inés escogió la del cumpleaños. Su madre metió dentro tres documentos, una fotografía de las dos en el patio de la escuela y el sobre en que guardaba el dinero. El resto se quedó en la caja.
—La abuela no tiene teléfono —dijo Inés.
—Ya lo sé.
—¿Y cómo va a saber que vamos?
Julia apretó las rodillas contra la maleta. Inés tiró de la cremallera y una de las ruedas le golpeó el tobillo. Le dolió, pero no se apartó. Cuando acabaron, su madre se quedó arrodillada. Tenía una hebra de lana pegada a los labios.
La abuela llevaba seis años muerta. Inés tenía catorce y aún recordaba el ruido que hacía su dentadura cuando se reía.
Habían acordado que, si preguntaban, iban a verla. Inés lo había entendido la noche anterior. Ahora, con el tobillo dolorido y el estómago vacío, le parecía una mala mentira. Pensó que deberían haber elegido a la tía Elvira, que vivía de verdad y siempre estaba pidiendo que fueran a visitarla.
En la calle pasó una camioneta. Julia levantó la cabeza. Las dos escucharon el motor hasta que giró por la plaza.
Tres días antes habían cerrado la escuela. Al director se lo llevaron durante el recreo, cuando todavía había niños jugando junto a la verja. La madre de Inés les dijo que entraran en clase y que nadie mirara por las ventanas. Inés miró. Vio un zapato del director bajo el banco, muy cerca de una pelota amarilla. Nunca había visto a un adulto perder un zapato.
Después fueron a buscar a otros maestros. En San Jerónimo se sabía quién repartía los papeles contra la Junta, quién prestaba su máquina de escribir, quién había dejado dormir a un sobrino. Julia no repartía papeles. Había dejado una habitación. Lo repitió dos veces, hablando con el vecino, y le pidió que no mencionara los nombres delante de la niña. Inés los sabía. Llevaban todo aquel verano de 1996 oyéndolos en la radio, entre el parte de carreteras y los avisos de que ciertas emisiones debían denunciarse.
—Llévate la chaqueta —dijo.
—Hace calor.
Su madre la cogió del perchero y la dejó sobre la maleta. Inés acabó poniéndosela porque no quería cargar con ella.
Antes de salir fue al cuarto del fondo. Sacó del estante el cuaderno de lengua y arrancó la última hoja. Allí había escrito una carta para Amalia, que se sentaba detrás de ella. La carta decía que no pensaba disculparse. La dobló cuatro veces y se la guardó en el bolsillo. No sabía para qué. La semana anterior le había parecido la cosa más importante del mundo.
Julia esperaba junto a la puerta. Inés fue hasta el patio a cerrar el grifo, que goteaba, y volvió a abrirlo media vuelta porque así lo dejaban siempre. Quiso preguntarle cuánto tardarían en volver. Su madre tocó el marco donde estaban las rayas de su altura y retiró la mano al verla. Inés pasó delante de ella sin preguntar.
La estación estaba llena. Había familias con sacos, hombres solos y una mujer que sujetaba una jaula cubierta con una toalla. Las ventanillas seguían cerradas. En la pizarra habían tachado los servicios del norte; solo quedaban los que bajaban hacia Puerto Claro por la carretera del embalse. Un soldado arrancaba los carteles de una huelga de transportes suspendida semanas atrás. Lo hacía mal: tiras de papel quedaban pegadas a la pared.
Julia encontró a Lidia junto al quiosco. Inés la conocía de la escuela; vendía empanadas a los maestros cuando había reuniones. Tenía los ojos hinchados y una bolsa de tela cruzada sobre el pecho.
—¿Tienes sitio para las dos? —preguntó Julia.
—Dos asientos no te puedo prometer.
—Me da igual.
Lidia les señaló el autobús, aparcado al otro lado del edificio. El conductor cobraba antes de dejar subir. Julia sacó dinero del sobre sin contarlo delante de él y se quedó junto al maletero con la maleta azul. Inés subió con la bolsa de cumpleaños. Se sentó detrás de una señora que olía a pomada y guardó el asiento del pasillo con la chaqueta.
Su madre no subió.
Al principio Inés la vio al lado de Lidia, hablando con el conductor. Después aparecieron dos hombres uniformados. Uno llevaba una carpeta. No gritaban. El conductor se apartó para encender un cigarrillo.
Julia levantó la vista hacia la ventanilla. Inés se puso de pie.
Su madre hizo un gesto corto con la palma. Siéntate.
Inés no se sentó. La señora de la pomada le tocó la manga.
—Te estás dando con el cristal.
Lidia subió sola. Quitó la chaqueta del asiento y se sentó encima.
—Tu madre viene en el siguiente.
—Hay sitio. Tú puedes ir de pie.
—Tiene que arreglar lo del documento.
Inés soltó la bolsa y avanzó hacia la puerta. Lidia la agarró por la cintura. No con fuerza al principio; después sí. La señora de la pomada recogió del suelo la bolsa de cumpleaños y la metió entre los asientos.
—Me ha dicho que te lleve —susurró Lidia, muy cerca de su oído—. Me lo ha pedido ella.
Desde el pasillo Inés alcanzaba a ver la parte alta de la cabeza de su madre. Julia hablaba. Uno de los hombres estaba escribiendo algo. El otro tenía una mano apoyada sobre el asa de la maleta azul. Cuando él tiró de ella, Julia la soltó.
Inés llamó a su madre. Lidia le tapó la boca, un instante nada más, y después le acarició el pelo con la misma mano.
El autobús arrancó con la puerta abierta. El conductor la cerró al llegar a la carretera.
Durante la primera hora Inés le pidió a Lidia que pararan. Luego le pidió que volvieran. Más tarde dejó de hablar y se pasó un dedo por la costura del bolsillo, de arriba abajo, hasta que se le abrió un padrastro.
Lidia no le dijo que no llorara. Le ofreció media empanada envuelta en papel. Inés no la quiso. La mujer la dejó sobre la chaqueta.
Ya de noche llegaron a Puerto Claro. Lidia la condujo hasta una pensión cerca de la terminal. Llamó tres veces a una puerta verde y esperó sin soltarle la muñeca.
Abrió una mujer descalza. Miró a Inés, después la bolsa de cumpleaños.
—¿Solo eso?
—Han retenido a la madre —dijo Lidia.
La mujer se apartó para que entraran.
